La voz interior

Todas las personas, sin excepción, establecemos diálogos con nosotros/as mismos/as.  Tan solo imagine la cantidad de veces en que diariamente escuchamos nuestra voz interior, y cómo esta interfiere permanentemente en lo que pensamos, sentimos y hacemos.  En ciertas ocasiones esa voz, cuando habla de nuestros verdaderos deseos y anhelos, se convierte en una fuente de certeza y sabiduría,  que nos orienta a tomar las mejores decisiones y a caminar por la vida con mayor autonomía y confianza. Sin embargo, tal y como probablemente suceda muchas veces, tenemos dificultades para escuchar nuestra propia voz, ya que se ve opacada y hasta silenciada por voces ajenas, sin que nos percatemos de ello.

Son las voces de todas aquellas personas que, aún con la mejor intención, en algún momento nos dieron como respuesta un sí porque sí o un no porque no, sin razonamiento alguno, o nos atemorizaron al amenazarnos con enojarse o decepcionarse de nosotros/as si no nos ajustábamos a lo que consideraban bueno, moral o adecuado. Estas voces se caracterizan por el tono autoritario con que nos hablan,  juzgando y condenando muchos de nuestros sentimientos y deseos por considerarlos impropios, inadecuados e incluso ridículos.  Cuando en las personas predominan estas voces ajenas se sienten inseguras, les invade la duda y su capacidad para escucharse y actuar en congruencia consigo mismas se ve disminuida,  por lo que tienden a tornarse rígidas y desarrollan un temor hacia sus propios deseos.

Por el contrario, las personas que son capaces de escucharse saben con mayor frecuencia qué es lo que quieren y luchan por conseguirlo, corren riesgos y, se equivoquen o no, siguen hacia adelante, lo que les hace sentirse actores y no espectadores de su propia vida. Bien vale la pena cualquier esfuerzo orientado a mejorar nuestra capacidad para reconocer y escuchar nuestra propia voz interior, sin duda uno de los principios para vivir una vida más plena.

Pereza

Meses antes de salir del colegio, José A. tenía muy claro qué haría a partir del próximo año:  ingresar a la carrera de Ingeniería Civil, ayudarle a su padre en su negocio, seguir jugando fútbol los domingos en la mañana y salir con sus amigos y amigas y su novia.  Pensar que pronto asumiría su rol de estudiante universitario le entusiasmaba muchísimo. Sin embargo, un año después, José A. se quejaba frecuentemente de la pereza que le provocaba tener que cumplir con la gran cantidad de compromisos y responsabilidades que había adquirido. Decía que se sentía a disgusto y que las cosas no le llenaban como antes.  En una ocasión le pregunté si había algo en particular que  hubiera dejado de hacer desde que salió del colegio, ante lo que me respondió “pues sí, antes cuando me encontraba solo acostumbraba escribir sobre lo que sentía y a veces   hasta uno que otro poema, pero no tengo tiempo para eso ahora”.

Contar con un espacio para estar con nosotros(as) mismos(as) y así poder escucharnos, hacer un balance de cómo nos sentimos, identificar nuestras prioridades, tomar decisiones o simplemente hacer lo que queramos es algo indispensable.  La forma de lograrlo varía de una persona a otra; podría ser por ejemplo escuchando música, haciendo ejercicio, meditando antes de dormir o escribiendo.  La forma convulsa y acelerada en que vivimos en la actualidad nos obliga a desempeñar diferentes roles y a realizar un sin número de actividades cotidianas, lo que bien puede, si nos descuidamos, llegar a convertirnos en una especie de seres robotizados,  automatizados. Cuando perdemos de vista el sentido y el disfrute que debería acompañar a todo lo que hacemos, emerge la pereza.

Al verse en su nueva faceta como universitario José A. pensó que ya no tendría tiempo para escribir, y a los pocos meses estaba atrapado en una  rutina asfixiante, tanto que ni siquiera había tenido oportunidad de percatarse de ello.  Luego de comprender esto, a José A. empezó a hacerlo de nuevo y, como era de esperar, luego de unas cuantas semanas había reorganizado su tiempo y redefinido sus prioridades, lo que le permitía sentirse mejor y lograr un mayor disfrute en sus actividades diarias.  A pesar de que se nos ha enseñado que la pereza “es el diablo”, que es sinónimo de vagancia y que solo habita en mentes ociosas, más bien es una señal que podría estarnos indicando que algo en nuestro interior no está bien, que necesitamos escucharnos más, que estamos viviendo vidas monótonas y aburridas.

Poner límites

Una joven universitaria me consulta porque tiene dificultades para poner límites, sobre todo con figuras de autoridad, y quiere saber cuál puede ser la causa.  Poner límites es una habilidad social, es decir, propia de la interacción con otras personas, que consiste en poder poner un alto a una situación que nos hace sentir incómodos(as) o molestos(as). Un ejemplo de lo anterior es cuando le pedimos a alguna persona que deje de hacer algo que no nos gusta y le decimos por qué.

Cuando hay dificultad para hacer esto, sobre todo con figuras de autoridad, debemos de analizar la forma en que establecimos vínculos con ellas desde pequeños(as). Cuando las relaciones con el padre, la madre, y/o quienes hayan cumplido con este rol se dan a través de una autoridad racional, es decir, respetando las necesidades, prioridades y preferencias del niño(a), se crean las condiciones para que éste(a) pueda de forma libre y espontánea comunicar sus molestias con la certeza de que se le escuchará y se actuará en consecuencia.  Por el contrario, cuando se trata de una autoridad impositiva, donde el criterio de peso es la opinión, el deseo o la prioridad del(a) adulto(a), el(a) niño(a) aprende que sus sentimientos y necesidades no son tan importantes o que son inadecuadas, por lo que siente que no merece exigir que la situación negativa se detenga. Asociado a lo anterior se genera un sentimiento de temor e impotencia cuando al(a) adulto(a) que se le pone un límite se enoja, o cuando en el peor de los casos lo pasa por alto.

En la vida adulta, cuando la persona no ha desarrollado esta habilidad, sufre porque debe “pasarse por encima” constantemente, lo que le genera sentimientos de frustración, inseguridad y cólera consigo misma.  Nunca es tarde para aprender a poner límites, requiere de un esfuerzo inicial, pero las ganancias son de incalculable valor.  Es un acto de autoafirmación y auto cuidado, de darse a valer y a respetar.

La búsqueda de la perfección

Cuando Luis C. vino a verme,  lo primero que me dijo es que se sentía cansado de luchar por quitarse de encima la necesidad de ser perfecto.  En el trabajo, con su esposa e hijos, en donde estuviera, este economista de 40 años vivía agobiado por la permanente e intensa demanda que experimentaba de tener que decir siempre lo correcto, hacer las cosas lo mejor posible, ser intachable, ser el mejor.  A lo anterior sumó su poca tolerancia hacia la crítica, aunque fuese bien intencionada, y sus dificultades para relacionarse con figuras de autoridad.

Repasando su historia de vida, Luis C. narró lo siguiente: “mis padres fueron poco afectuosos conmigo, y cuando me halagaban lo hacían porque había hecho algo realmente bien, el resto del tiempo sentía que pasaba desapercibido, pensando qué hacer para llamar su atención…”  El afecto que se ofrece de forma espontánea y sin condiciones es un alimento vital para los niños y las niñas, puesto que es el fundamento para el desarrollo de una adecuada autoestima.  Si un niño(a) se siente querido(a) y aceptado(a) por el simple hecho de ser él o ella y de formar parte de su familia, podrá con mayor facilidad desarrollar las habilidades socio-afectivas que le permitirán transitar por la vida con mayor soltura, disfrute y autonomía.

En el caso de Luis C., la falta de afecto y aprobación lo hicieron crecer sintiéndose defectuoso e insuficiente para provocar el cariño incondicional de sus padres, y pensando que él mismo debía de ganárselo a base de méritos.  Con la misma intensidad con que anheló recibir afecto, se abocó desde niño a tratar de “ser perfecto” para asegurarse que lo tendría y así aplacar la dolorosa sensación de ser insuficiente, sin haberlo podido lograr hasta el momento.  El necesario, aunque poco frecuente ejercicio de reflexionar como padres y madres sobre la forma en que establecemos los vínculos afectivos con nuestros hijos e hijas, podría hacernos ver y corregir a tiempo quizá grandes errores que estamos cometiendo.